El clima estaba delicioso, soleadito. El viento traía el inconfundible olor a mar. Las conchas en el suelo me recordaban el sabor a playa. Había guitarra, un teclado por ahí y tres viejos, todos triplicaban mi edad. Un cancionero con mil rolitas sesenteras. De esas típicas de las empolvadas juventudes.
La casa era humilde, en obra negra, pero era un techo. Nada mas se requería. Cualquier objeto adicional hubiera resultado sobrando. La escena estaba adornada por unas paredes verdes de un gusto tan descuidadamente acogedoras. Un mapa del mundo de colores duros y una cocina de macho. Frijoles y sopa, no mas.
Se llegan las 2 y sin falta llega la cheve y la carne. No podía ser otra forma. La selección esta haciendo leña, esto amerita otro six. No llega, y esta bien, no se necesita mas. La selección ya gano. No somos grandes aficionados, pero sentimos el orgullo. Comentamos lo poco que sabemos y denotamos nuestra ignorancia, nos damos cuenta y no se vuelve a tocar el tema.
La carne ya esta en el asador. Un lomo a la parrilla improvisada. El carbon toca la carne pero a nadie le importa. Entramos en la comenta y la carne se va de paso, pero nadie se preocupa. Recogemos los pedazos y los echamos a un plato. Un poco tostados, a mi me parece chicharrón, pero nadie se queja. Así se repite la clásica escena norteña. Un trago, dos mordidas, un pedazo solo, salsa y un poco de queso. Otro trago y así se pasan los minutos, ligeros y suaves.
Los viejos se meten y sacan la guitarra y desentonan la canción orgullosos. Así siguen con unas tres piezas y por allá arriman el teclado. Empieza la orquesta y la música llena el ambiente. Y así todo pasa, tres viejos. El tiempo ya no vale nada, pero lo aprovechan mas que cualquier pobre infeliz. Así es la vida.