Encontrada entre los pliegos de mi existencia se encuentra mi conciencia, oculta tras la cortina de lo invisible y lo abstracto. Siempre furtiva y escurridiza, dominante. Ella me juzga y me limita. Me entrego a ella solo para ser azotado por la cruel realidad de mis acciones. Irreverente ante mi sufrimiento, enfrenta mis pensamientos con tal potencia que los hijos de mis demencias se encuentran ante el dilema del perdón. Tan dura es la conciencia que ni la propia divinidad puede con su implacable sed de justicia. Castigado por la verdad me encuentro clamando por la dulce sencillez de la muerte. El fin de mis penas, el fin de mis tormentos. Semejante conciencia solo puede ser obra de la vida terrena. De la vida sádica, de la vida inconciente, de la vida humana.
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